Melancolía tenía los pies tan grandes que no existían zapatos de su talla, su boca se torcía en una curva hacia abajo y sus ojos parecían desolados. Sus manos eran ásperas y grandes, sus lágrimas amargas, amargas, como la sal del mar. Era tan alto como mirar las nubes y tan delgado como un suspiro. Era muy desgraciado, tanto, que la pena se le salía del pecho y algunas veces arañaba los cristales. Y lo más triste de todo es que quería ser payaso. Pero los niños al verle se asustaban, las niñas se escondían debajo de las faldas de sus mamás o detrás de los pantalones de sus papás. Hasta los perros gruñían cuando se les acercaba o miraban a otro lado sin hacerle mucho caso.
Un día, Melancolía conoció una mariposa que se le posó en el pelo;
-¿Cómo te llamas? Preguntó la mariposa.
- Melancolía.
- ¿Y qué quieres ser de mayor?
- Quiero ser payaso.
- Pero no puedes ser un payaso con un nombre así. Tu nombre es muy bonito para una mariposa, pero no para un payaso. Tendrás que encontrar un nombre nuevo.
- ¿Y dónde voy a encontrar un nombre nuevo?
- No lo sé. Pero hasta que lo encuentres yo puedo prestarte el mío.
-¿Cómo te llamas?
- Vaivén.
Y así fue que Melancolía y Vaivén se cambiaron los nombres y se despidieron.
La mariposa se fue volando contenta con su nuevo nombre y Vaivén, el niño que quería ser payaso, fue en busca de un nombre de verdad.
Como no sabia por donde empezar a buscar, comenzó a caminar sin rumbo, y se dio cuenta de que los pies ya no le pesaban tanto como antes, aunque la pena del corazón le seguía doliendo mucho, mucho.
Caminó buscando un nombre, miró debajo de un montón de piedras a lo largo del camino, pero sólo encontró una canica, dos piñones y una rama con forma de tirachinas. Al torcer por una curva del camino, tropezó con un ciempiés.
- Hola, ¿quién eres tú?
- Me llamo Vaivén. Quiero ser payaso.
- Oh! Pero no puedes ser payaso con un nombre así. Ese nombre es bonito para un ciempiés, pero no para ti. Tendrás que buscar un nombre nuevo.
- Eso estoy haciendo, pero no sé donde buscar.
- Bueno, yo si quieres puedo prestarte mi nombre hasta que encuentres otro más adecuado.
-¿Cómo te llamas?
- Ausencia.
Y asi fue como Vaivén dejo de llamarse Vaivén y comenzó a llamarse Ausencia.
Ausencia siguió el camino y llegó a un bosque muy oscuro donde encontró un claro para pasar la noche. Mientras hacía un fuego para calentarse, se dio cuenta de que sus manos parecían haberse suavizado, y que, como por arte de magia, había encogido un poco, y no llegaba tan alto.
Cuando estaba apunto de cerrar los ojos y echarse a dormir, una sombra pasó como una exhalación por delante de su vista, y se escondió detrás de un árbol. Ausencia miró el tronco del árbol con atención, pero ni rastro de la sombra. Cuando estaba apunto de desistir, la sombra se asomó tímida y preguntó.
-¿Cómo te llamas?
- Ausencia. ¿Y tú?
-Yo me llamo Inquietud.
-¿Y de qué te escondes?
- De todo, porque soy muy nerviosa. Era la sombra de una niña, pero como dormía muchas horas, tuve que huir, no podía estarme quieta tanto tiempo. Ahora me buscan por todas partes, y siempre ando escondiendome. Aunque la echo mucho de menos.
- ¿Y por qué eres tan nerviosa?
- Por mi nombre. No tengo nombre de sombra.
- Bueno, yo quiero ser payaso y tampoco tengo nombre de payaso. Si quieres cambiamos el nombre, pues mi nombre es mucho más adecuado para una sombra.
-¡Oh! ¿Harías eso por mí?
- ¡Claro!
Y así fue como Ausencia pasó a llamarse Inquietud. Y la sombra volvió, con su nuevo nombre, a los pies de la niña a la que tanto echaba de menos.
A la mañana siguiente, y casi sin dormir, Inquietud recogió su mueca de tristeza y comenzó a caminar. Pero caminaba más deprisa y más ligero. Incluso llego a pensar que la pena del corazón ya no era tan grande. Pero sus ojos aún parecían a punto de echarse a llorar.
Llegó a un pueblecito, con casas bajas de piedra y otras un poco más altas de madera. Allí los niños no parecían advertir su presencia, y no se escondían cuando se cruzaban con el por la calle. E Inquietud pensó que ese sería un buen lugar para vivir. Y que seguramente allí podría encontrar un nuevo nombre. Preguntó en la Taberna, y le dijeron que le darían alojamiento, alimento y un fuego donde calentarse, pero que no podían darle un nombre nuevo, porque no tenían ninguno de sobra, y los suyos habían tardado mucho tiempo en encontrarlos. Inquietud se instaló en un cuarto pequeño pero confortable, y almorzó con los demás clientes. Fue la primera vez que no se sentía incómodo del todo al estar rodeado de otras personas, pero algo se le movía dentro todavía, y no podía sentirse del todo a gusto.
Al caer la tarde, salió a dar un paseo por el pueblo. Las estrellas le sonreían desde el cielo por primera vez, y una bocanada de aire fresco llenó sus pulmones de color. En el medio de una plaza ni muy grande ni muy pequeña, había una fuente, ni muy grande ni muy pequeño, y a Inquietud que siempre le habían gustado las cosas medianas, le llamo la atención la fuente y se acercó a ella. En el centro de la fuente, tallada en piedra, un hada hacía una mueca de burla, y a Inquietud le pareció curioso, y le hizo reir. No recordaba haber reído nunca antes, ni una sola vez en toda su vida, y se puso tan contento que se abrazó al hada y dijo:
-Ojala supiera tu nombre para poder compartirlo contigo y hacer reír también a los demás.
Una voz misteriosa pareció surgir del agua de la fuente, como un murmullo, y le contestó.
- Me llamo Alegría, pero no puedo moverme de esta fuente porque mi nombre está anclado a ella. He de pasar toda mi vida aquí, haciendo reír a todo aquel que pase, sin hacer distinción ninguna entre ellos.
- Oh, pero eso es maravilloso, yo podría hacerlo por ti, siempre he soñado con hacer reír a los demás. Pero no puedo, pues no encuentro un nombre adecuado para mi sueño. Si quieres, podemos cambiar nuestros nombres.
- Pero entonces tendrías que quedarte siempre aquí, junto a la fuente, y haciendo reir a todo aquel que beba de su agua.
- ¡Lo haré encantado!
Y, de pronto, un torbellino de luz envolvió a Alegria y a Inquietud y los hizo girar. Y la piedra se convirtió en hada, y el niño se convirtió en payaso, en un payaso de piedra con una sonrisa enorme que se llama Alegría y hace cosquillas a todos los que beben de la fuente.
Déjame que te cuente al oído las cosas con las que sueño... déjame que te respire más cerca y no te sientas tan sola... déjame que te cuente mis monstruos para que los mires con otros ojos
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viernes, 1 de mayo de 2009
viernes, 16 de enero de 2009
Y 39 NOCHES DESPUES LA LUNA SE VOLVIO ROJA
Existe una leyenda que cuenta que aquí, donde ahora mismo estamos sentados, sólo había una llanura infinita. Que no había accidentes geográficos, ni montañas, ni ríos Que no había vegetación, no había árboles, ni plantas. Que todos los caminos, todas las casas, todas las puertas y ventanas eran la misma. Que aquí, una vez, todos los horizontes fueron el mismo y se confundían con la tierra.
Y que aquí vivían Los Eternitas.
Eran un pueblo casi como cualquiera, excepto por una cosa, no envejecían. Una vez el tiempo se les paró y ya no crecieron más, pero hace tanto de aquello que ya nadie lo recuerda. No sabían si eran niños o lo que era ser mayor. No cumplían años. Siempre eran iguales y nunca cambiaban. Como no había tiempo siempre era de día y no había estrellas, ni luna, ni lluvia ni mar. Cuando un Eternita miraba alrededor sólo veía más Eternitas. Cuando un Eternita despertaba en la tierra, sólo veía tierra, seca, árida, casi amarilla. Y no conocían otros colores que el cielo y el suelo, no conocían otros olores que la arcilla o el aire. Y vivían sin conocer nada más que su llanura. Y más allá ya no había nada.
Los Eternitas eran gente antigua, de piel de arena y de ojos grises como las nubes. Los Eternitas nunca estaban tristes, pero les faltaba algo que no les dejaba ser felices del todo. Hasta que un día ocurrió algo que los cambió para siempre, que los convirtió en Eternitas Eternos.
Hasta que de pronto, en medio del día eterno, las nubes taparon el sol y tras largo rato de oscuridad gris empezó a caer del cielo algo extraño, parecían lágrimas, llanto de las nubes. Lo llamaron lluvia y abrieron la boca, dejaron que entrase hasta sus barrigas y, Los Eternitas, calmaron la sed que siempre tuvieron pero sin saberlo. Y cantaron juntos y otra vez bailaron hasta que las nubes desaparecieron y desde ese día todo fue distinto.
Desde el día que llamaron El Primero, los cambios fueron sucediéndose sin descanso. Conocieron la noche, y con ella descubrieron también el frío, y los Eternitas, que no conocían nada más que el sol, sintieron miedo.
Los cambios sucedieron rápido, tantas cosas nuevas que les sorprendieron, y los sentimientos que antes les faltaban, que antes no tenían, llegaron de golpe, y fueron felices, y sintieron pena, y cada segundo era diferente y comenzó el tiempo de los Eternitas.
Salieron colores nuevos en el suelo, colores distintos, que no conocían. Pedazos de vida brotaron por momentos de la tierra, crecían verdes, marrones, amarillos, blancos, que formaban grandes y pequeños dulces que tenían olor, que tenían sabor. Y los Eternitas se sorprendieron al probar los trozos de lo que crecía, que les quitó el hambre que tampoco conocían.
Los Eternitas tenían la piel de tierra y se distinguían por sus dibujos. Sus tatuajes. Cada vez que llovía, con agua y polvo del barro se pintaban trazos, círculos, caminos que les recorrían de pies a cabeza, de cabeza a pies.
Cuando se levantaba el aire, Los Eternitas cantaban al viento cuando lo oían, como un impulso, como un instinto que nadie sabe de dónde viene. Y dejaban que se les metiera dentro porque formaba parte de ellos, porque les hacía ser más felices. Y el viento levantaba el polvo, y entre ese polvo bailaban hasta que volvía la calma. Y reían. Y se sentían mejor.
En donde estaba la aldea, parecía que la tierra se ablandaba, que en vez de arena y polvo, de la tierra salían manos que los tocaban los pies, manos suaves que parecían cabellos, y por un momento pensaron que estaban en la cabeza del mundo. Y uno de Los Eternitas quiso llegar aún más lejos. Hasta el corazón. Y los demás, que no lo entendieron, le convencieron de que estaban bien allí donde estaban y allí se quedaron.
Una mañana Los Eternitas despertaron y en medio de su aldea había brotado un árbol gigante, La Nariz del Mundo, y todo ese día y toda la noche lo celebraron bailando a su alrededor. Comieron todos los frutos que daba, y bebieron toda la ambrosía de sus flores. Y la luna era más grande que nunca y cantaron hasta que se hizo de día y ya no quedaba más. Y se quedaron dormidos bajo la sombra del árbol. Al despertarse el primero de los hombres, ya no estaba, y despertó a los demás. Todos comenzaron a inquietarse, y el primero empezó a ser el centro de las miradas y de todas las preguntas. ¿Dónde está? ¿Qué ha pasado? Y uno de ellos lloró, y nunca antes habían visto a un Eternita llorar, y el silencio se adueñó de todo el pueblo y dejaron de mirarse unos a otros.
Desde entonces las cosas fueron distintas. Los Eternitas se volvieron solitarios, y llorar ya no era extraño y sucedía muchas veces. No eran una familia, sino varias. Y entre ellos ya no eran todos amigos. Unos pensaban que el árbol se había ido porque alguien había intentado robarlo, otros que aquellos otros lo tenían escondido. Inventaron la desconfianza y el odio. La envidia y la codicia.
Comenzaron las peleas. Y empezaron a utilizar todo lo que encontraban para cosas que nunca lo habían usado. Los palos ya no servían para hacer música. Las piedras ya no eran utensilios de cocina. El fuego ya no servía sólo para calentarse. Ahora eran lanzas, armas. Las plantas que nunca tocaban antes, ahora eran veneno para los demás. Empezaron a caer los eternitas, uno tras otro, a morir los más ancianos y con ellos la verdadera sabiduría. Ya no tenían a quién pedir consejo, así que cada uno tomaba decisiones que sólo le servían a él, y a su familia, pero que traía problemas a los que vivían cerca. Comenzó la guerra.
Pasaron los días y las casas ardieron, el suelo se empezó a secar, nadie se ocupaba ya de ir a buscar agua, nadie se ocupaba de dar de comer a los animales. Se olvidaron de enseñar a los pequeños, y ya nadie se acordaba de hacer reír a los niños.
Y 39 noches después la luna se volvió roja.
Al amanecer ya no quedaba nadie. ¿Se habían ido todos? No quedaba más que el humo del fuego. Y el suelo había crecido casi hasta el infinito y a lo lejos el sol se reflejaba en el agua.
Había ríos y lagos donde estaban antes las casas, y había árboles donde dormían. Y en el lugar donde antes no había nada ahora están los Pirineos.
Y que aquí vivían Los Eternitas.
Eran un pueblo casi como cualquiera, excepto por una cosa, no envejecían. Una vez el tiempo se les paró y ya no crecieron más, pero hace tanto de aquello que ya nadie lo recuerda. No sabían si eran niños o lo que era ser mayor. No cumplían años. Siempre eran iguales y nunca cambiaban. Como no había tiempo siempre era de día y no había estrellas, ni luna, ni lluvia ni mar. Cuando un Eternita miraba alrededor sólo veía más Eternitas. Cuando un Eternita despertaba en la tierra, sólo veía tierra, seca, árida, casi amarilla. Y no conocían otros colores que el cielo y el suelo, no conocían otros olores que la arcilla o el aire. Y vivían sin conocer nada más que su llanura. Y más allá ya no había nada.
Los Eternitas eran gente antigua, de piel de arena y de ojos grises como las nubes. Los Eternitas nunca estaban tristes, pero les faltaba algo que no les dejaba ser felices del todo. Hasta que un día ocurrió algo que los cambió para siempre, que los convirtió en Eternitas Eternos.
Hasta que de pronto, en medio del día eterno, las nubes taparon el sol y tras largo rato de oscuridad gris empezó a caer del cielo algo extraño, parecían lágrimas, llanto de las nubes. Lo llamaron lluvia y abrieron la boca, dejaron que entrase hasta sus barrigas y, Los Eternitas, calmaron la sed que siempre tuvieron pero sin saberlo. Y cantaron juntos y otra vez bailaron hasta que las nubes desaparecieron y desde ese día todo fue distinto.
Desde el día que llamaron El Primero, los cambios fueron sucediéndose sin descanso. Conocieron la noche, y con ella descubrieron también el frío, y los Eternitas, que no conocían nada más que el sol, sintieron miedo.
Los cambios sucedieron rápido, tantas cosas nuevas que les sorprendieron, y los sentimientos que antes les faltaban, que antes no tenían, llegaron de golpe, y fueron felices, y sintieron pena, y cada segundo era diferente y comenzó el tiempo de los Eternitas.
Salieron colores nuevos en el suelo, colores distintos, que no conocían. Pedazos de vida brotaron por momentos de la tierra, crecían verdes, marrones, amarillos, blancos, que formaban grandes y pequeños dulces que tenían olor, que tenían sabor. Y los Eternitas se sorprendieron al probar los trozos de lo que crecía, que les quitó el hambre que tampoco conocían.
Los Eternitas tenían la piel de tierra y se distinguían por sus dibujos. Sus tatuajes. Cada vez que llovía, con agua y polvo del barro se pintaban trazos, círculos, caminos que les recorrían de pies a cabeza, de cabeza a pies.
Cuando se levantaba el aire, Los Eternitas cantaban al viento cuando lo oían, como un impulso, como un instinto que nadie sabe de dónde viene. Y dejaban que se les metiera dentro porque formaba parte de ellos, porque les hacía ser más felices. Y el viento levantaba el polvo, y entre ese polvo bailaban hasta que volvía la calma. Y reían. Y se sentían mejor.
En donde estaba la aldea, parecía que la tierra se ablandaba, que en vez de arena y polvo, de la tierra salían manos que los tocaban los pies, manos suaves que parecían cabellos, y por un momento pensaron que estaban en la cabeza del mundo. Y uno de Los Eternitas quiso llegar aún más lejos. Hasta el corazón. Y los demás, que no lo entendieron, le convencieron de que estaban bien allí donde estaban y allí se quedaron.
Una mañana Los Eternitas despertaron y en medio de su aldea había brotado un árbol gigante, La Nariz del Mundo, y todo ese día y toda la noche lo celebraron bailando a su alrededor. Comieron todos los frutos que daba, y bebieron toda la ambrosía de sus flores. Y la luna era más grande que nunca y cantaron hasta que se hizo de día y ya no quedaba más. Y se quedaron dormidos bajo la sombra del árbol. Al despertarse el primero de los hombres, ya no estaba, y despertó a los demás. Todos comenzaron a inquietarse, y el primero empezó a ser el centro de las miradas y de todas las preguntas. ¿Dónde está? ¿Qué ha pasado? Y uno de ellos lloró, y nunca antes habían visto a un Eternita llorar, y el silencio se adueñó de todo el pueblo y dejaron de mirarse unos a otros.
Desde entonces las cosas fueron distintas. Los Eternitas se volvieron solitarios, y llorar ya no era extraño y sucedía muchas veces. No eran una familia, sino varias. Y entre ellos ya no eran todos amigos. Unos pensaban que el árbol se había ido porque alguien había intentado robarlo, otros que aquellos otros lo tenían escondido. Inventaron la desconfianza y el odio. La envidia y la codicia.
Comenzaron las peleas. Y empezaron a utilizar todo lo que encontraban para cosas que nunca lo habían usado. Los palos ya no servían para hacer música. Las piedras ya no eran utensilios de cocina. El fuego ya no servía sólo para calentarse. Ahora eran lanzas, armas. Las plantas que nunca tocaban antes, ahora eran veneno para los demás. Empezaron a caer los eternitas, uno tras otro, a morir los más ancianos y con ellos la verdadera sabiduría. Ya no tenían a quién pedir consejo, así que cada uno tomaba decisiones que sólo le servían a él, y a su familia, pero que traía problemas a los que vivían cerca. Comenzó la guerra.
Pasaron los días y las casas ardieron, el suelo se empezó a secar, nadie se ocupaba ya de ir a buscar agua, nadie se ocupaba de dar de comer a los animales. Se olvidaron de enseñar a los pequeños, y ya nadie se acordaba de hacer reír a los niños.
Y 39 noches después la luna se volvió roja.
Al amanecer ya no quedaba nadie. ¿Se habían ido todos? No quedaba más que el humo del fuego. Y el suelo había crecido casi hasta el infinito y a lo lejos el sol se reflejaba en el agua.
Había ríos y lagos donde estaban antes las casas, y había árboles donde dormían. Y en el lugar donde antes no había nada ahora están los Pirineos.
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